José Watanabe; 

El niño que rompió el jarrón

Revista Quimera, España, 2007

por Andrea Jeftanovic

 

 

El año pasado la narradora chilena Andrea Jeftanovic pasó dos semanas con el poeta José Watanabe como parte del intercambio literario Entresures. Fruto de ese encuentro es una larguísima conversación –probablemente una de las últimas entrevistas que concediera el autor– en el que el poeta aborda muchos temas centrales en su poética y de su lucha con la enfermedad que acabaría con su vida en abril de este año. El siguiente es un extracto de ese diálogo íntimo con uno de los creadores más notables de la poesía hispanoamericana.

 

Me da curiosidad saber qué pasó contigo después de 1971, cuando publicas “Álbum de familia”, premio Poesía Joven, hasta “El huso de la palabra” en 1989. Es curioso esos años de silencio público, poético, y tengo mucha curiosidad creadora también, ¿qué pasó contigo durante esos 18 años, pensaste que ibas a seguir siendo poeta?

     —Yo sí tenía la vocación y sí sabía que iba a ser poeta desde que era joven, desde que publiqué mi primer libro. A veces los concursos sirven para eso, para consolidar vocaciones y yo este concurso lo gané cuando tenía 24 años. Me llamaban el poeta joven del Perú. Yo no me sentía muy seguro no de mi vocación, sino de mi formación; no tenía una buena formación, porque yo había estudiado algo de arquitectura, y mis amigos, algunos, seguían cursos universitarios de literatura y honestamente, me sentía un poco disminuido frente a ellos. Cuando vine a Lima no tenía un lenguaje, ni siquiera el lenguaje funcional, amplio; venía de una provincia y cuando llego a Lima encuentro a estos jóvenes poetas con los cuales me hago amigo y yo sentía que ellos tenían más lenguaje y más lecturas que yo; pasé por un pequeño momento de baja del ego en ese sentido, a pesar de que había ganado un concurso, que en esa época fue muy importante, apenas eran 14 o 15 poemas y yo seguía sintiendo que no tenía una buena formación literaria. Yo siempre andaba con un lapicero y papelitos en el bolsillo para anotar los nombres que mis amigos mencionaban; apuntaba el nombre y después me iba a la biblioteca a buscarlo, y creo que me pase gran parte de esos años en eso, en informarme, leyendo bastante, me iba todos los días a la biblioteca nacional hasta alcanzar cierta seguridad. No tengo muchos libros en mi biblioteca actual, se van perdiendo en el camino en esa época las lecturas eran muy comunitarias, alguien conseguía un libro y ese libro circulaba entre todos los amigos. Por otro lado, gran parte también de esos años me los pasé viviendo, porque tuve hijas, me dediqué al hogar y a trabajar, pero no me olvidé de la literatura, seguí escribiendo.

 

¿Y no te angustiaba el paso del tiempo, pasar de ser un poeta publicado ganando un concurso importante y que pasaran 17 años?

     —No recuerdo haberme angustiado, era joven y pensaba que tenía toda la vida por delante; lo que sí hacia era apuntar ideas, “escribir sobre tal cosa”, “no olvidar tal evento que vi para poetizarlo”, los pintores muchas veces hacen eso, he leído, por ejemplo, un diario de Henry Moore, escultor, donde dice, mi escultura de niño sentado en una carpeta de estudiante, la continuidad de dos volúmenes, yo me imagino que había pensado en este volumen del niño y luego en continuidad la carpeta, respondía a su estilo. Esas cosas hacía, no perder cultura, no perder poemas, no olvidar. Este poema del muslo contra la roca nació porque que leí un libro de Antoni Tapies, pintor abstracto catalán, porque había venido una exposición de él a Lima, al instituto de arte contemporáneo y me gustó mucho el trabajo con las texturas. De pronto fui a la librería y encontré un libro escrito por él, que es uno de los pocos pintores que escribe sobre lo que hace, y me gustó mucho eso de sostener que el mundo son texturas; y eso es cierto, estuve con una muchacha en un rompeolas, y ahí fue que ví ese contraste de un muslo viviente, que es tibio, sobre una roca gris, dura, esas dos materias.

 

En libro “El huso de la palabra” hay un sujeto en crisis que vive un momento de quiebre por el cuerpo, por la enfermedad. Se percibe un hablante lírico en crisis, con la familia, los hijos, el amor, el cuerpo, con el diagnóstico y la muerte ¿Sientes que ese libro es un hito en tu obra?

     —Con “El huso de la palabra”, yo me asumo seriamente como poeta, como escritor Es el segundo libro publicado 18 años después del primer libro, “Álbum de familia”, el cual ganó un premio. Entretanto no es que haya dejado de escribir, sino que tenía una crisis de vocación; me gustaba la arquitectura y la literatura, hasta que dejé la arquitectura y empecé a formarme como escritor, a leer mucho. No ingresé a una universidad ni realicé estudios académicos de literatura, pero era amigo de los que estaban en la universidad, especializándose en literatura y ellos me pasaban las bibliografías y yo las leía, por lo que tuve una formación autodidacta, no quise seguir la carrera porque me parecía que aprendía más solo, una arrogancia de joven, pero eso es lo que sentía. Escribía poco y leía mucho. Por eso en el año 86, cuando me enfermo, cuando me dicen que mi diagnóstico es terrible, me acuerdo que me cogí todos los poemas y me los llevé a Alemania, y pensaba corregirlos allá y dejárselos a mi hermana para que los publicara si es que me pasaba algo.

                Pude viajar a Alemania para que me operaran y me diagnosticaron un carcinoma pulmonar. Fui a operarme allá porque por esas casualidades de la vida yo tenía un amigo en Alemania que había estudiado con el hijo de uno de los mayores cirujanos del tórax en Hannover. Luego de las radiaciones me dijeron que debía esperar un año o un año y medio y podría no volver, pero ya te imaginas la angustia de ese año y medio. Es en medio de esa angustia que escribo “El Huso de la palabra”, con una depresión muy fuerte, tanto así que ni siquiera me levantaba y escribía en la cama. Obviamente era un sujeto en crisis con toda lo que ello comporta, la desesperanza de continuar viviendo o no o vivir ese año y medio. Miras tu propio cuerpo, te auto consuelas. Yo tengo una hermana que es enfermera y que ha visto mucha gente en estados extremos entonces cuando me diagnosticaron la enfermedad me dijo algo que después yo comprobé: los seres humanos tenemos una infinita capacidad de sufrimiento. Yo le dije en ese momento que no iba a poder soportarlo, que moriría en el camino, y ahí fue cuando ella me dijo esa frase dura pero hermosa y muy cierta.

Entonces sí fue un sujeto en crisis el que escribe ese libro. Normalmente los poetas empiezan escribiendo sobre su propia biografía, son muy autobiográficos. Vallejo, por ejemplo, era sumamente autobiográfico, y yo necesariamente tenía que ser autobiográfico con lo que me había pasado, pero por educación, por herencia paterna, tenía ese pudor a mostrar el dolor, entonces son poemas muy refrenados, no gritan nunca; insinúan, hablan del dolor, pero no lo gritan. Vallejo, en cambio, lo grita.

 

Es interesante este proceso de escritura en la cama; gran parte del libro fue escrito en reposo según me cuentas.

     —Sí, estuve seis meses postrado en mi cama, no por dolor físico sino por depresión. No iba ni siquiera a mi escritorio. Generalmente entrevemos, percibimos muy brevemente el absurdo de la vida, pero el sujeto deprimido vive en el absurdo, caminar diez pasos al escritorio resulta absurdo, ¿por qué lo vas a hacer? ¿Para qué? La pregunta es ¿para qué? No tiene sentido si uno es finito, ir o no ir es lo mismo, así como quietud y movimiento son lo mismo; así que conseguí un tablero y escribí en mi cama, donde me traían la comida incluso. Al final cogí una tabla de planchar y ahí escribí el libro.

                Cuando empecé a corregir estaba en plena depresión y las palabras no me salían mucho; la depresión hace que olvides, que la memoria te falle, la memoria del lenguaje falla mucho, yo recuerdo que vino a verme a mi un poeta amigo, Abelardo Sánchez León que después de irse de acá, de verme, escribió un poema dedicado, aparece en su libro, donde describe “el poeta que no puede hablar, está aprendiendo las sílabas”, porque recuerdo que él vino y yo le dije habla tú, porque no me acuerdo qué hablar, no sé, quería decir “queso” y me demoraba en la palabra “queso” y fue muy útil tener un diccionario de sinónimos, aprendí también lo difícil que es usar un diccionario de sinónimos porque hay sinónimos que pueden ser muy rebuscados y está la tentación de usarlos, pero se saltan del lenguaje que estás usando, y eso, me demoraba mucho en corregir, no me acordaba de las palabras. En las noches lloraba pensando en que había decidido ser poeta, dejando estudios, todo y de pronto ya no tenía el lenguaje. Cuando uno está deprimido piensas que esa depresión no pasará nunca, se tiende a pensar que ese estado nunca pasará, y yo lloraba, es como si como pintor hubiera quedado sin manos.

 

¿Cómo pudiste recobrar esa palabra que tú sentiste en ese momento habías perdido?

     —Leía, leí “El amor en los tiempos del cólera”, que salió por esa época, y bueno trataba de escribir, aunque fuera cualquier cosa. No fue tanto reaprender sino recordar y cuando fue pasando la depresión me fue volviendo el lenguaje, desde esa época me volví hablador, yo no era hablador; a mi me decían “el mudo. Luego se me “desató la lengua” y empecé a hablar. No siempre hablo así tanto –cuando quiero, cuando estoy con amigos- pero con extraños casi no hablo; cuando estoy con amigos y sé que de alguna manera comparten lo que yo siento sí puedo hablar horas.

Hay un poema que habla de un nonato que se repliega y desconozco el dato, pero pareciera alguien que ha pasado por la terapia, y la terapia psicológica como un espacio de creación, que forma parte de la metodología creativa, me da la impresión de que lo incorporas, entonces te quería pregunta por la experiencia de terapia y creación.

Cuando estuve deprimido no hice una terapia regular, normal, iba a buscar a un psiquiatra y conversaba con él. Además, tengo un amigo de adolescencia que ahora es un gran psiquiatra y él me dijo que podíamos conversar pero como amigos, y no sé si él o el psiquiatra con el cual sí teníamos una relación más terapéutica, le copié ciertas fórmulas, el yo primario.

 

¿Cómo enfrentaste de nuevo la vida, la creación cuando te liberas del veredicto y vuelves a ser un hombre sano?

     —Cuando los chequeos fueron yendo bien empecé a salir de la depresión y a dejar esa mirada de absurdo y creo que me volví creo un sujeto menos autobiográfico, empezando a crear poemas sobre lo contemplado, no ya de mi mismo contemplándome.

 

¿Tenías miedo a morirte?

     —Tenía miedo a morirme, a dejar todo esto. Hasta hoy lo sigo sintiendo, lo tolero un poco más, pero sí, es miedo a morirse. Como lo digo en un poema, no tanto miedo a desaparecer, porque si uno va y duerme sin conciencia de que va a perder la conciencia en el sueño no sufres, el problema es enfrentarte al hecho de la muerte, a la cosa física de la muerte: ¿Cómo se muere? , ¿Se muere con falta de aire, con angustia, con dolor? El hecho de la muerte física es lo que me da miedo, no tanto a desaparecer.

 

¿Y eso está cruzado por creencias, eres creyente?

     —No, yo no soy muy creyente, he escrito un libro que se llama “Habita entre nosotros” sobre la vida de Jesús porque el personaje de Jesús es muy sugerente, pero no soy precisamente católico ni religioso. Soy religioso en términos más amplios, no institucionalizados; no creo en ninguna institución religiosa, no creo en ninguna religión que se institucionalice, menos en la católica, pero en el fondo creo que sí soy religioso en la medida que, y eso lo he dicho en algunos poemas, me gustaría trascender en otra cosa, en otra conciencia o en una inconsciencia, no sé. Por ahí tengo un poema que se llama “Animal de invierno” donde este animal va a una cueva a hibernar pero con la esperanza de convertirse en montaña, pero luego se decepciona porque despierta y sigue siendo blando, todavía no es la montaña y sale en la próxima hibernación, o el lenguado que sueña con convertirse en el fondo marino mismo… trascender de esa manera, pero no creo en ningún cielo o en algún dios, no creo en eso.

 

En “Álbum de familia”, tu primer libro, hay un recorrido por la propia infancia.

      —Claro, pero es menos dolorosa, un chico de provincia que viene a la capital, el choque con esa capital. “El Huso de la palabra” sí es doloroso y a pesar de que han pasado 20 años el miedo a la muerte nunca se va, porque ya lo conociste, ya sabes que hay que morir, que tenemos que morir. No he podido dejar nunca esa conciencia; en los momentos de mayor exaltación vital este pensamiento viene a veces, pero no me deprime; simplemente viene casi sabiamente, me digo “bueno, así es, qué voy a hacer, acepto”.

 

II. LA ASCENDENCIA JAPONESA

 

Otro aspecto destacable de tu obra es el tema de la identidad japonesa. Llama la atención el límite ambiguo entre la ascendencia japonesa paterna y peruana por parte de tu madre. En tu obra se refleja esa tradición con tus citas, los haikus. ¿Cómo vives tú esa tensión de ser y no ser del lugar, de pertenecer y no pertenecer?

     —Yo nací en una hacienda azucarera al norte del Perú, donde mi padre llegó como inmigrante trabajador y se casó con mi madre que era del lugar. Mi padre vino solo, no tenía familia a quien responder, quizás era ligeramente mal visto por sus coterráneos su matrimonio con una peruana, pero al parecer no le importó, no había muchos casos tampoco de matrimonios mixtos porque cuando los japoneses decidieron permanecer más tiempo en el Perú trajeron a sus esposas. Mi padre se enamoró de una peruana y convivieron, tuvieron once hijos.

Nacer en un lugar así es un poco extraño porque te confrontas con los otros hogares de tus amigos; yo tenía un padre japonés que era extraño en el pueblo, tenía otras costumbres, otras maneras, incluso otras comidas y al ir a casa de mis amigos me enfrentaba con cosas distintas, pero esa pregunta por el ¿Qué soy yo? ¿Japonés o peruano? es una pregunta que molesta hasta cierta edad, la adolescencia, porque además el entorno muchas veces te lo enrostra, el racismo peruano es muy fuerte. Actualmente, los japoneses son una comunidad respetada. En ese entonces yo sentía que tenía dos patrias, pero no fue un conflicto muy profundo; cuando tuve como 15 ó 16 años empecé a pensar que no importaba, que era mejor tal vez, tener raíces japonesas y ser peruano. Luego te defines y el entorno es muy fuerte, pesa más que la paternidad, y me sentí peruano y bien peruano: soy profundamente peruano, pero reconozco mis raíces japonesas.

 

¿Cómo se da tu contacto con los haikús?

     —La lectura y el estudio del haiku quizás es por una especie de homenaje a mi padre, quien empezó leyéndome haiku cuando yo era muy chico, me los leía en japonés y me los traducía inmediatamente (yo no hablo japonés). No hay que olvidar que mi padre también asimiló la sociedad peruana, también se “peruanizó”, no permaneció japonés inmutable, se hizo muy peruano también; de hecho creo que murió más peruano que japonés. Había pasado más de 40 años aquí en el Perú, 46 años, porque el vino de 21 años y murió a los 67. Además, en una hacienda la asimilación es muy fácil, no había racismo en Laredo, entonces tenía amigos, se emborrachaban juntos, no había segregación. La segregación la he conocido después, cuando fui a Trujillo a estudiar secundaria, porque los japoneses a esa altura ya tenían un cierto poder económico y tú sabes que todo racismo es correlato de lo económico.

 

Es interesante el lugar del ideal de la historia familiar, ¿Cuál es tu vínculo con Japón, con el hecho de querer o no querer ir, es un viaje esperado, temido?

     —Yo tuve la oportunidad de ir a Japón, pero después me dio un desánimo por ir, inclusive aún teniendo una hija allá. Claramente si tengo mañana la oportunidad de poder ir será para conocer, pero no tengo la necesidad profunda de conocer la tierra de mi padre. En todo caso, sí leo mucha novela y poesía japonesa, la poesía contemporánea casi no se conoce, lo que sí se conoce son los narradores contemporáneos, desde Mishima, Murakami, Kawabata, Oé. Ellos pintan un Japón que tal vez ya no sea ése cuando yo vaya, si es que voy. Es impresionante la cantidad de grandes escritores contemporáneos que tiene Japón.

 

...Y que han entrado a occidente con lecturas importantes; nadie puede desconocer a Kawabata, Mishima, Oé etc. han sido premiados, incluso son premios Nóbel. Y hay siempre una pregunta que le hago a los japoneses o descendientes de japoneses: ¿cómo sientes que vivó tu familia (ya que tú naciste después) el momento de la Segunda Guerra Mundial, la bomba atómica? Me imagino que fue un hito fuerte, marcador, como lo fue el holocausto para el pueblo judío.

     —Claro, con una diferencia: que ellos no se han victimizado, a diferencia de los judíos, que sí han hecho una victimización y se presentan hasta ahora como víctimas, con razón o sin razón no lo sé, pero los japoneses no hicieron victimización de ese hecho. La bomba atómica o la derrota de la Segunda Guerra y la imposición norteamericana, a pesar de ser una guerra lejana llegó al Perú, pero bajo su propia forma. El gobernador peruano de esa época, Abel Prado, un hombre perteneciente a cierta casta que aquí se considera aristocrática, negoció con los Estados Unidos, con Roosvelt y le dijo que el Perú tenía 17 mil soldados, sabiendo que eran campesinos contratados para trabajar en el mercado agroazucarero. Empezó así la persecución y hubo días de gran saqueo en Lima y en algunas provincias; algunos fueron perseguidos para ser trasladados a los campos de deportación de Texas, donde podían ser cambiados con prisioneros japoneses norteamericanos como carne de canje. Por esto, muchos huyeron; mi padre huyó a una hacienda azucarera donde vivió mucho tiempo. Cuando crecí supe lo ocurrido en el Perú y en el resto del mundo, pero ni mi padre, ni sus amigos, ni los de esa generación hablaron de la persecución ni de los saqueos, nunca hablaron, hemos sabido de ello después al estudiar historia. Luego de la Segunda Guerra volvieron a hacer la vida normal y nuevamente recuperaron el estatus económico que habían alcanzado antes de los saqueos, llegaron a tener un estatus más o menos importante en el Perú, manejaban servicios, cafeterías, restaurantes, producciones de carrocerías de camiones, omnibuses. Tuvieron un estatus importante, que fue una de las razones por la cual los persiguieron; les tuvieron miedo, pero cuando regresan nuevamente a trabajar, lo hicieron sin ninguna protesta ni victimización.

 

¿No hubo ningún resentimiento hacia el país al que habían aportado, que los había acogido anteriormente?

     —No, tú incluso ahora le puedes preguntar a un viejo, a un anciano por esa época y te dirá que eso ya pasó, que no hay por qué guardar rencores. No quedó resentimiento, es que comprendieron que también hubo peruanos que los defendieron, y que los saqueos fueron promovidos desde los niveles más altos del poder; comprendieron que no era el pueblo quien los había atacado o quien los perseguía, y que muchas veces el pueblo los escondía y protegía, conviniendo que era el poder, los gobiernos los responsables. No culparon a los peruanos, como ya dije, mi mismo padre fue protegido y cuidado en una hacienda.

Actualmente los descendientes japoneses tienen una situación importante. Es el principal proveedor y exportador de pollos, empresa ahora gestionada por los hijos de japoneses, que son muy peruanos. Para mí no fue muy duro, porque yo nací después, empecé a ver eso después a nivel de historia, sin una carga fuerte. Hay un escritor peruano que vive en Sevilla, Fernando Iwasaki, que es nieto de japonés y me decía que había conocido de los saqueos siendo muy adulto, que su padre nunca le habló de ello. Incluso en el Perú mucha gente se sorprende cuando tú les dices que los japoneses fueron saqueados, responden que aquí son muy estimados, trabajadores, abnegados. No saben, muy pocos saben.

 

De todos modos es inquietante esa contención; una cosa es alcanzar nuevamente el estatus económico, pero sentir la traición de un lugar que uno creyó que era su patria y que de pronto los persiga en circunstancias tan álgidas…

     —Lo olvidaron o trataron de olvidarlo; los nietos sí lo sabían, pero ya no tenía la carga dolorosa, se ha ido perdiendo. Habría que agradecerle a nuestros padres finalmente, porque después de la Segunda Guerra ellos tuvieron la posibilidad de volver a Japón y decidieron quedarse en el Perú al ver a sus hijos integrados. ¿Cómo se los iba a   desarraigar para llevarlos a un país que ya no sentían de ellos? Un porcentaje mínimo volvió, pero la gran mayoría decepcionado de haber vuelto.

 

¿Y en tu casa se recordaba alguna fecha histórica de Japón?

     —El día del emperador, porque mi padre se iba a la fiesta. Creo que siempre trataron de dejarnos algún recuerdo más o menos limpio; los descendientes somos aceptados en el Perú, somos un grupo más de mestizos dentro del gran mestizaje peruano. Yo nunca he sentido racismo, salvo en ocasiones muy pequeñas.

 

Repasando los nombres que reciben las distintas generaciones japonesas…

     —Los nisei es el conjunto de descendientes de los isei, que es quien emigra, quien ha venido de Japón a Perú. Sus hijos son nisei, segunda generación; la tercera es sansei, pero como ya hay muchas, casi cuatro, ya se engloba todo bajo el nombre de nikkei, ya no se hace diferencia entre generaciones.

 

En tu poesía está muy presente la muerte de dos hermanos que te antecedían.

     —Mis hermanos mueren con una distancia de seis días en la misma semana y en este pueblo pequeño, mi madre nos contaba, que esa noche cuando murió el primero, un día lunes, cantó una lechuza. Cuando canta una lechuza en el techo de una casa, significa que hay muerte y efectivamente, se murió mi hermano. Seis días después nuevamente cantó la lechuza y murió una hermana, de cinco años. A mi madre nadie le sacaba de la cabeza que era coincidencia, porque pasaban muchas lechuzas por el pueblo además, pero ella pensaba que sí, que era absolutamente cierto. No me afectaron esas muertes porque fueron antes de que yo naciera, pero cuando yo he nacido, mis recuerdos son mi madre hablando de ellos, todo el tiempo. Recuerdo que los volvía a parir con la boca, a recordarlos todo el tiempo. Hay un poema que algún día publicaré, donde mi madre vuelve a parir a sus hijos con la boca… pero no me los echaba en cara, pero en el fondo era eso. Me decía: “En ese rincón, en esa silla pequeña se sentaba tu hermanito de tres años, era muy blanco, tenía una vena azul en la frente, era castaño, y al sol su pelo era aún más castaño. Antes de morir estaba sentado ahí”. Los idealizaba mucho, “el sol los hacía brillar”, igual a mi hermana de cinco años, decía “en esa estera jugaba y también era bellísima, con pelo castaño…”. Yo sabía que no era cierto, que lo estaba inventando y que “toda la gente pasaba por la calle cuando ella la sentaba en el petate y decía que linda su hija, que bonita su niña, que mezcla racial tan bonita ha tenido, japonés con peruano”…eso mucho tiempo lo tuvo mi madre. No siento que me haya afectado demasiado. Otra cosa es que iba al cementerio a ponerle flores. Mi padre compraba las mejores frutas, mi madre hacía un poco de comida y se las llevábamos. Después de mí vinieron cuatro hermanos más.

 

¿Y eso por que tenían la creencia de una vida después de la vida?

     —Acá no se hace mucho, es parte del budismo, del shintoismo de mi padre, quien era budista, pero muchos budistas tienen costumbres shintoístas; creo que dejar comida a los parientes muertos es más shintoista. Nadie más lo hacía acá.

 

¿Cómo era la relación con tus padres?

     —Mi padre y mi madre no eran muy expansivos, eran cortos de maneras. Mi mamá era muy estoica, muy fuerte, una mujer excesivamente fuerte; yo la describo a veces como una persona muy dura. Tenía una relación muy extraña con mi madre, creo que como todas las relaciones de ese tip. Ahora en España están publicando 18 poemas míos con el tema de la madre, de distintas épocas. He juntado todo en un solo libro que se va a llamar “Tu nombre viene lento”, que es un pedazo del gran poeta vanguardista peruano Carlos Oquendo de Amat, quien publicó un libro objeto que se llama “Cinco metros de poema” y dentro hay un poema madre que es uno de los más bonitos, más famosos, que empieza diciendo “tu nombre viene lento como las músicas humildes”; yo he tomado el verso de él y el mismo libro es un homenaje a Oquendo, un poeta muy querido acá, murió muy joven, en España, a los 27 años. Publicó un solo libro. Me ofrecieron publicar allá, también en una Editorial que hace libros-artes, se me ocurrió juntar todos los poemas a mi madre y que se vea ahí todo el proceso.

 

¿Y tienes en paralelo poemas a tu padre?

     —No, quizás por ser una relación menos conflictiva. Más bien tengo a mi padre dentro de mí y tal vez por eso no he tenido que expresarlo en poemas. Además mi padre murió cuando yo tenía diecisiete años, entonces me quedé con una imagen muy idealizada de él. Creo que era una gran persona, no es por que tal vez lo haya idealizado un poquito, pero creo que era una gran persona, era muy extraño mi padre, esa pintura es de él, pintaba. Es un ser de Laredo, de mi pueblo. Pintaba y pintaba bien, tenía escuela, había estudiado en Ukayama, en Japón, de donde era originario. Pero cuando en el año 61 compró un billete y se sacó la lotería e inmediatamente dejó de trabajar y se dedicó a la buena vida, a la vida contemplativa, a divertirse. Sin embargo, murió muy pocos años después, dos o tres años. A pesar de que era trabajador, de que tenía hijos, una gran responsabilidad, a veces se desaparecía de la casa, diez, quince días…

 

¿A dónde iba?

     —No, era extraño... Se iba a meditar, a pasear. Mi madre se había acostumbrado a eso, no se asustaba. Y regresaba como si hubiera ido a la esquina, con regalos para todos, cosa que yo comprendo recién ahora, cuando fui adulto empecé a comprender. O de pronto ya cuando he sido adulto, he conocido a un pintor, que en Trujillo pintaba en una casa de campo, un pintor más o menos conocido, indigenista, que me ha dicho “Watanabe, tú eres hijo de un señor que llegó a mi casa y me pidió alojarse una semana, porque quería pintar junto a mí… tu padre era extraño, llegó, me vio pintar y me preguntó si podía alojarlo una semana, y yo le he dicho que sí, era un japonés muy extraño y muy fino”.

 

¿Nunca hubo sospecha de que tuviera otra mujer, otra familia?

     —No, y nunca la tuvo además, después hemos descubierto que no; se iba a la sierra, o con este pintor. Además era muy fino, todo el mundo en mi barrio me lo comentaba. Los japoneses de Trujillo, donde estudié secundaria, siempre me decían “tu padre que bonito habla japonés”. Aquí los japoneses son conocidos por poner negocios, bodegas, peluquerías, restaurantes. Lo mas extraño es que nunca quiso volver a Japón; pudo y no quiso, no sabemos por qué; mi padre para nosotros es un misterio, su vida en Japón es un misterio..

 

Interesante la ficción creada alrededor de él, ¿y muere de cáncer verdad?

     —Sí, de un cáncer que parece que tuvo mucho tiempo, pero se descubrió tarde y tuvo una agonía de tres meses creo, un poco dura. Yo estaba en el colegio y recuerdo el deterioro, las transfusiones de sangre, que eran prácticamente de brazo a brazo, acá en la casa, buscábamos donantes. Sus amigos que lo vieron en sus últimos momentos decían “qué bonito morir así, rodeado por los hijos y la esposa”

 

¿Cómo fue esa pérdida?

     —Fue muy duro para mí, yo era su hijo más mimado, debo reconocer, no más querido, sino al hijo que sentía más afín en una época yo era reacio para comer y entonces él me llevaba antes de las comidas a pasear por le campo, paseábamos sin hablar, no era incómodo, y recuerdo que una de esas veces de los cañaverales salió un pájaro volando y me dijo debe ser la mamá, imagina que dentro hay un nido y me animaba un poco. También había un río de donde recogíamos arcilla y yo recogía arcilla con mis hermanos pero mis hermanos muchas veces preferían irse a jugar y no modelar nada; yo era el único de los hermanos que se quedaba en el corral de la casa modelando, haciendo figuritas, y él me miraba. Creo que sentía que yo tenía alguna inclinación al arte. Entonces me empezó a mimar. Cuando él muere yo quedo de 17 años, me sentí muy mal, tuve que venir a Lima para olvidarme un poco. Tuve aquí medio año y después regresé a Trujillo, ya a vivir. De pronto mi padre se hizo como una especie de símbolo en la casa, pasó a ser el padre que nos protege, que nos custodia. Hay conversaciones sobre él, su figura siempre ha estado allí, tanto así que mi hermano menor, que quedó huérfano de mi padre a los tres años, tiene una fuerte figura paternal creada por los otros hermanos y por mi madre, “tú papá hacía esto y lo otro”. El mismo, que es sociólogo, lo reconoce, se pregunta cómo hizo mi madre para crear una fuerte figura paternal.

 

¿Cómo tomó tu familia tu trabajo como poeta, considerando que era una familia de provincia?

     —Yo salí de la hacienda azucarera a los doce años; fui a Trujillo a estudiar, que es donde estudió Vallejo. Incluso estudié en el colegio donde Vallejo fue profesor y donde estudió la secundaria Ciro Alegría, el narrador peruano, era un colegio muy prestigioso. Pero la vocación yo la empecé a sentir como a los quince años y empecé a leer y a los 16, en quinto de la secundaria, mi profesor se dio cuenta –qué importante son los profesores a veces, qué importante es encontrar un buen profesor- y me preguntó si me gustaba leer, le respondí que sí y me dijo “sospecho que ya te has leído el texto escolar”, y luego me dijo “ya me di cuenta, tú vas a ir a mi casa todos los sábados en la tarde y vas a leer en mi casa, en mi biblioteca” y me hizo leer, me dio cosas como para mi edad, “Romeo y Julieta” por ejemplo, y justo en ese año muere mi padre y un mes después muere la primera chica de la cual yo estaba enamorado, un amor de barrio, de una chica muy bonita. Tuvo un fuerte de dolor de cabeza, fue a su cama y la encontraron muerta, se estaba preparando para un desfile escolar de fiestas patrias, que es el 27 de Junio (mi padre murió el 24 de junio) yo ya estaba muy deprimido por lo de mi padre. Después muere esta chica que me gustaba y recuerdo que cuando me dicen que ha muerto, un impulso me llevó a escribir una especie de reclamo hacia Jesucristo, ése fue mi primer poema, para ella, y escribí otro para mi padre y lo publicaron en la revista de mi colegio.

 

 

III. POETICA: UN POETA NATURALISTA

 

¿Cómo te definirías como poeta?

     —Soy noctámbulo, soy un poeta realista, naturalista, casi nunca invento los poemas, Por ejemplo, una vez fui a la cocina, encontré estas papas que tienen ojitos y entonces yo me sentí muy afín a esas papas, parecía que me miraban y en algún momento parecían que era yo mismo o sea el yo nonato, el yo primario y dije esas papas soy yo (…) Eso tenía que ver con lo que sí me dijo una psiquiatra, que yo había tenido dos hermanos que fallecieron por una peste antes de que yo naciera y el psiquiatra me hizo ver que la tendencia a la depresión o neurosis yo la había heredado porque mi madre había estado ante un estrés muy grande, entonces yo ya heredé algo, estaba picado, en el sentido de malogrado.

 

De hecho hay un art poética no recuerdo en este momento el título…

     —Sí, donde un niño va a los extra muros a hacer una deposición, eso es también una poética y quizás sea esa la gran poética que yo tengo, porque yo pienso que la poesía finalmente es algo muy simple, nace de la vulgaridad de la vida, si es que la concebimos como vulgaridad, y de pronto esa vida se eleva y nos sorprende que a veces la vida común y corriente se eleve; para mí eso es la poesía, no puedo ahondar más en poética porque sé que no sería muy honesto, sería muy literario, y la literatura está muy enferma de literatura justamente. A mí me gusta vivir la vida, yo vivo la vida como cualquier persona, me encanta que el periodiquero en la esquina me diga “ha salido su foto en el periódico”, pero él me tiene una enorme confianza, y me gusta mucho lo popular, estoy muy al día con la música popular más simplona que a veces hay, yo sé, por ejemplo, que Camilo Sesto ha regresado al canto nuevamente. Creo que la poesía no es estar viviendo en las alturas todo el tiempo, nace de la vida cotidiana, de la observación de la vida cotidiana, no me gusta la solemnidad.

                Parto de mi formación como poeta, y dentro de la poesía, quizás en ese afán de que no sea tan etérea, tan inmanente, hace que recurra a una base narrativa; me gusta contarle algo a alguien, me gusta cuando la gente en recitales me pide que le lea “el poema de ese animal que entra en una cueva y empieza a soñar”, pues descubro que recuerdan la parte narrativa. Me gusta que la poesía vaya junto con una base narrativa, al parecer, hace que se fije más.

 

Por dónde va tu búsqueda poética, además del soporte narrativo.

     —Quizás es por huir de la cosa inmanente. Me encanta la poesía por la palabra misma, manejar la palabra; yo rebusco mucho las palabras, es lo que más me divierte, no sufro escribiendo poemas, me divierte mucho, yo escribiría de cualquier cosa por usar palabras, porque me encanta cómo la palabra puede crear un cierto ritmo. A veces leo poemas en otros idiomas -alemán, italiano- sin saberlos; los leo en voz alta, no sé que significan, pero me doy cuenta de que hay un ritmo bonito, y en ocasiones hasta me los aprendo de memoria, me gusta que las palabras hagan una especie de ritmo, que el sentimiento no se aleje mucho de la sintaxis. Entonces cuando soy narrativo lo hago desde mi yo de poeta.

 

 

Y con respecto a tu metodología, ¿Cómo has ido concibiendo cada libro, tienes una idea a priori o vas acumulando material?

     —Voy acumulando material y cuando ya siento que podría haber un libro, organizo los poemas; algunos quedan afuera para un futuro libro tal vez, o quizás no. En cada poemario publico entre 30 y 35 poemas, ya que me gusta que los poemarios no sean tan densos. Creo que la poesía debe leerse muy destiladamente. La poseía finalmente es un destilado de algo; está por ahí y de repente “salta”. En ese sentido, cuando hacen tesis sobre lo que yo escribo -me da un poco de vergüenza decir “mi obra”; no la siento como “mi obra”- siempre hablan de la influencia de los haikus. Acaba de ganar un ensayo, “Mito, cuerpo y modernidad en la poesía de José Watanabe” que será publicado y que también habla de la influencia de los haikús. Yo reconozco esa influencia, pero no como formulación del poema, sino en la actitud del que escribe haikus, que va por la vida viendo en qué momento la realidad misma se organiza de un modo extraño. Eso es el poema, y yo escribo siempre así. Como ejemplo, lo último que he escrito se relaciona con un viaje al norte en que el ómnibus se detuvo en un arenal y vi que unos niños habían desenterrado de ese desierto un perro muerto. Eran huesos de perro, no carne seca. El desierto, la arena caliente había conservado ese cuerpo pero momificado….Ahí hay un poema, la manera en que la arena preserva, momifica un cuerpo. Yo escribo el poema antes en mi cabeza a partir de la imagen que veo…

 

¿Cómo se distingue en poesía cuando algo a esa búsqueda? Tus libros son muy coherentes”…

     —Creo que eso es bien subjetivo, no lo sé. Lo que pasa es que por épocas tengo preocupaciones, pero no soy muy consciente. Tiene que haber, me imagino, pero no soy consciente de ello. Quizás este poemario que estoy haciendo ahora, sospecho que tiene que ver con el arte mismo, la expresión, he escrito un poema a Utamar, pintor y grabador del siglo XVII al XVIII, tiene dibujos eróticos, muy fuertemente eróticos, explícitamente eróticos. No se puede decir la palabra homosexualismo, no se debería decir, porque a los griegos tú no le puedes decir que son homosexuales, porque simplemente era la admiración de la belleza de un hombre, la posición de la belleza, no necesariamente del sexo, en Japón era parecido, hay un hermoso libro que se llama “El gran espejo del amor entre los hombres” de Ihara Saikaku, es muy hermoso… entonces si ves los grabados erótico de Utamaro y ves escenas homosexuales no es tan infrecuente (…) creo que es sobre el arte también porque este hombre ha hecho en el grabado los cuerpos muy blancos, muy delineados y muy quietos pero lo que se mueve, lo que expresa el meneo erótico es el vestuario, es impresionante el movimiento porque nunca están desnudos, la desnudez completa parece que era un poco ofensiva, entonces está todavía el vestido, el kimono, los cubre y se cuida de no cubrir las partes genitales, pero el vestido se desliza cuando hace el amor con un movimiento increíble.

 

A mí los poemas que como lectora creo que podrían formar un libro en sí mismo son los poetas dedicados a artistas plásticos, a pintores, el de Goya, Munich. En “El grito” está muy bien trabajado el tema de la violencia.

     —Sí, es el único poema que casi alude explícitamente a la violencia. Ese poema lo escribí cuando el ejército asesinó a varios terroristas, acusados de terrorismo por lo menos, en Los molinos, una comunidad campesina, ahí los encontró un enfrentamiento o no, no lo sé, el hecho es que murieron 7 u 8 y en las fotos aparecían dispuestos en fila ya muertos sobre el piso, pero yo, como conozco esa zona, me imaginé en ese momento al ver las fotos que la sangre había corrido hacia el río y tres, cuatro días después fui a pasear a Chosica, que estás a las afueras de Lima a unos 5 km. que es otra vertiente, la vertiente de la costa, pasa por ahí el Rimac, llegue a Chosica al atardecer y se puso muy rojo, y ese rojo brillaba sobre el agua y ahí se me ocurrió el poema y justo estaba en un puente, tal como está el personaje de Munch y se me ocurrió e hice los primeros apuntes en un cafetín que había. Encontré algo para hablar de violencia, en mi estilo, y cuando escribí el poema me di cuenta que me refrenaba; cuando se va a Chosica se va a mirar el puente, es lo primero que uno hace, el puente colgante cruza el río Rimac, entonces estaba teñido por el mismo atardecer y me vino la imagen de ese fondo sangriento que tiene el personaje de Munch que está gritando en el río y entonces cuando escribí el poema me puse a pensar y eso se aparece con la escritura misma, con eso tienes el núcleo del poema, pero no todavía el sentido. Yo puedo tener el núcleo de un poema, el evento, el hecho, la realidad, pero el sentido no siempre lo tengo; todo poema hay que dirigirlo a que diga algo, que tenga algún sentido; yo sabía que iba a ser algo sobre la violencia en relación con la obra de Munch y ya cuando me senté a escribir es cuando uno tiene que darle el sentido y no fue una protesta contra la violencia, sino que el poema termina con mi propia limitación que me da el estilo, y como que me pongo rebelde con mi propia forma de escribir, es mi estilo que me está reprimiendo y no puedo decir más que eso, más que este poema silencioso, no puedo más. Pero quizás eso sea violento también…

 

Sí, como dicen los psicólogos, “violencia pasiva”… sí, ese poema, dentro de una mirada panorámica, tiene un tono distinto, hay una violencia sin duda, más explícita, las imágenes son más terribles, la imágenes de este río con sangre obviamente...

     —Sí, los críticos casi no han comentado ese poema, pero me he alegrado porque hace un par de meses, un joven que se ha graduado de la Universidad Católica y ha hecho su tesis sobre mi obra, se detiene mucho en ese poema, sí se da cuenta de que es el poema que más alude a la violencia. En el libro que voy a publicar, que estoy haciendo, hay un poema que se llama, a ver, a qué pintor me refiero , “El camisón de mi madre tenía tetas”, Magritte, mi madre se iba al mercado a conversar con las amigas, pero dejaba su camisón y nos encontramos entre trapos viejos ese camisón colgado que tenía tetas. Ahora estoy escribiendo mucho, no por publicar, no por el prestigio fugaz que se tiene cuando uno publica un libro, sino que estoy muy ansioso por escribir, creo que es la edad que te impulsa, de repente te vas, no sé, ya estás en la época del infarto, de esas cosas, y de pronto no te puedes ir con todo eso que tienes, porque como que tengo planificados los poemas, yo apunto y sé qué voy a desarrollar, lo que sí no sé es qué sentido va a tener, escribo mucho, aunque no tengo una obra voluminosa porque corrijo mucho, pero escribo todos los días, casi todos los días, y a veces no me sale nada..

 

¿Y cuáles han sido tus influencias, lecturas más importantes en tu formación como poeta?

     —Yo no sé cuál es más importante, de verdad, no lo sé, pero lo que sí recuerdo es que el primer poemario que leí completo y que me impactó mucho, que me dio gusto por las palabras, fue “La voz a ti debida”, de Pedro Salinas. Además, para esa edad era perfecta, tenía 16, 17 años y me hizo consciente de la poesía. Siempre he leído con cierto desorden pero a quienes más regreso han sido los poetas de haikus, Bashuo, Issa, Buson, hasta los más contemporáneos como Shiki. También me gustaba, ahora ya no tanto, Juan Ramón Jiménez, pero no el edulcorado, también Machado. Después ya más adulto descubrí a los herméticos italianos, Ungaretti, Montale, Cuasimodo; a ellos siempre vuelvo, y a los poetas norteamericanos, posteriores a ellos, hay uno que me gustaba mucho que se llama Theodore Huebner Roethke, que es de origen alemán pero nace en Estados Unidos, de padres alemanes. Siento que tiene la misma sensibilidad que un escritor de haiku, tiene un hermoso poema que se llama “La garza”…luego poesía norteamericana posterior y ya después empecé a pedir a amigos de allá cosas más puntuales.

 

¿Y eres consciente del trabajo con la rima?

     —No, pero cuando escribo sí voy usando el ritmo, empiezo a pensar en el poema; no voy a decir que “pasando por una carretera vi unos niños que sacaron un perro muerto de la arena”. Ahí es cuando uno escribe pensando en un lector. Yo no lo niego, pienso en un lector, no soy de los que dicen que escribo lo que sale sin pensar en nadie. Creo que un poema es una carta que le envías a alguien que no conoces, organizas ese material, pero tratando de convencerlo, de que lo que dices es cierto: la poesía, así como la narrativa si no es verosímil, no vale. Entonces en el poema final resulta que mi perro se fue al desierto, lo perdí casualmente, se descubrió después y lo vi humillado, como un espartajo, como cuero seco, la arena lo había humillado al preservarlo de ese modo. Y al final del poema digo que la tierra es el paraíso de bacterias y gusano. Así es como los poemas aparecen, nunca me pongo a pensar qué debo escribir, ando mirando, me gusta mirar de todo.

 

En la mirada contemplativa aparecen cosas curiosas, inquietantes, misteriosas.

     —Sí, y también absurdas. Parece que la naturaleza misma se revela en ese punto, en esa relación de dos o tres cosas. Como en el haikú, la naturaleza misma se autorevela o es la divinidad que se revela con dos o tres elementos de la naturaleza, y eso me place, lo disfruto, y tengo que explicarlo a otros en palabras. De algún modo, ésa es mi poética.

 

Además está la simetría de las estrofas, que colinda entre lo poético y la prosa, no es el poema tradicional que uno ve en bloques…

     —Me gusta que haya un movimiento, porque yo sí creo en esas sutilezas; la poesía es muy sutil. Creo que cuando el ojo desciende al final de un renglón, hay un momento; si lo encuentra más rápido o más cerca cambia, y es lo que empieza a moverse y genera un ritmo…

 

¿Investigas para tu trabajo poético?

     —Investigo mucho. Yo escribí este poema, “Animal de invierno”, y como un recurso poético, no dije qué animal era, para que la gente no entienda si es una ardilla, un oso, lo que sea, alguien que hiberna, un cuerpo que va a hibernar. Se me ocurrió que alguien entra en una montaña y duerme con la esperanza de de repente ya no ser, no despertar, integrarse, ésa era la idea, pero luego empecé a investigar cómo es una montaña y me fui a ver a un amigo que es geólogo especializado en minería, y me pasé un par de noches con él, porque a él le gusta mucho conversar, y trabaja desde las diez de la noche hasta las cinco de la mañana, y estuvo hablándome de cómo es una montaña, de cómo era un socavón, “tú entras” -me decía- “y en las paredes ves las vetas minerales, parecen nervios, como si estuvieras en el interior de un animal inmenso” y montones de cosas de ese tipo. Yo empecé a apuntar en un papel diciéndole que lo iba a plagiar. Nosotros tenemos una cordillera que se llama cordillera oriental o cordillera del marañón y es la única cadena de montañas del mundo que no tiene vegetación, por lo tanto está ahí, como si recién se hubiera formado, entonces todos los geólogos sobrevuelan esta cadena montañosa, que está al norte del Perú, y ven los registros de cómo se formó, que fue hace cinco mil millones de años, chocan placas, elevan cordilleras, pero también hacia abajo se genera una cordillera negativa, semejante a lo que nosotros vemos, pero hacia el interior de la tierra, en la capa más profunda también hay una cordillera, como un espejo.

Todo eso me contaba, entonces me documentó mucho y yo puedo hablar ahora de la cordillera, pero eso no aparece en mi poema, no debe aparecer tampoco, pero eso me da seguridad para escribir el poema. O ese del pez, del lenguado, me puse a investigar, ¿sabes que nace normal? cuando nace, cuando es un pez pequeñito, es un pez que tiene los ojos a ambos lados, como los peces normales, pero es un proceso de adaptación que tiene, es simétrico y de pronto tiene que adaptarse al fondo marino y mirar hacia arriba, nada más hacia una sola dirección, y ahí los ojos … hacia un mismo lado, y la parte que se asienta sobre la arena es blanca, encima copia la arena y se queda de color gris como la arena, se mimetiza.

 

¿Y corriges con distancia, cuánto tiempo esperas?

      —Una semana más o menos, parece que con la edad vas dominando tu propio estilo también, aprendes a distanciarte más rápido. Tengo un poema que es de una ardilla y la veo correr, y apunté e hice las notas, pero no le encontré el sentido en ese momento. No escribo por publicar o por tener el privilegio –porque es un privilegio para un poeta peruano tener editores jóvenes, en España- no lo hago por eso, honestamente, tengo la idea apuntada de que en una vereda veo pasar un maratonista que ya no puede más y el estadio todavía está lejos, y que todos hacemos el esfuerzo mental, psicológico para apoyarlo, pero si él no puede, no puede, es lo contrario del poema “Masa” de Vallejo, es un poema más posmoderno en ese sentido, en “Masa” lo apoyan todos los hombres de la tierra y él se levanta, aquí no, no se levanta, no llega a la meta por la extenuación y el agotamiento, tal vez el sentido que le insinúe también sea el del escribir, que se puede llegar a un agotamiento tan temido… Otro poema que tengo por escribir, que no sé si lo voy a hacer pero es un idea; hay unos cactus en la sierra peruana que es un cactus con hojas muy ancha s , muy lanceoladas, terminan en una punta muy aguda y es de más o menos cinco metros y de pronto, a lo noventa años, comienza a elevarse, eleva una especie de columna hasta los doce, catorce metros y florece, florecen más o menos simultáneamente tres mil flores, y en este esfuerzo tan grande termina de florecer y muere para siempre. Yo lo comparo con los fuegos artificiales, que dan su belleza y se agotan, mueren dando la belleza; florecemos, muy hermoso todo y después se acaba, el solo describir el árbol ya es un concepto y ahí es donde tú aplicas una cierta sabiduría, técnicas que vas adquiriendo con los años, si sacas conclusiones malogras el poema, describe el árbol nada más, describe el cactus y todo el mundo lo va a entender.

 

¿Y eliminas poemas, borras, te deshaces de proyectos?

     —Yo acabo de destruir un poemario que se llamaba “El minotauro”, 26 poemas, el mito del minotauro en 26 poemas.

 

¿Por qué?

     —Porque al final me di cuenta de que estaba equivocado, que había sido muy pretencioso, muy petulante, el minotauro era un ser que hablaba y hablaba dentro de este laberinto y al final se convertía en el lenguaje, era el lenguaje, y no me gustó, porque en el poemario había dos sujetos, uno era el minotauro y los poemas que nacían del supuesto minotauro y otros que eran míos, entonces se notaba que una era las preocupaciones mías y otras eran las propias del minotauro, sólo he sacado un poema largo, de tres páginas y media. Eran 26 poemas, la que sufre, me parece, es Micaela (su esposa) me pongo neurótico y me dice “no lo rompas, déjalo un tiempo”, ya lo tengo medio año no puedo, si soy artista tengo que destruirlo y entonces lo he rehecho y no tiene nada que ver con el lenguaje, no es el minotauro, ahora se llama “El otro Asterión”, porque no quería tener la referencia tan directa con la mitología griega y justo me acordé del Asterión de Borges, donde al final viene Teseo y se deja matar porque está harto de todo; releí el cuento y en algún momento el Asterión de Borges dice algo así como “para evadir la soledad invento juegos pero el juego que más me gusta, más me divierte es el del otro Asterión , lo recibo y le muestro mi casa”, es el otro Asterión que dialoga con Asterión; el creado y el creador, en este caso se enfrenta con Teseo y el otro Asterión le dice que ha venido este joven y se enfrenta y esperó encontrar una bestia y él sabe que no, porque danza la danza de la muerte y blandiendo tu espada lo esquivas y te das cuenta que una bestia no va a hacer eso y después el Asterión sale a la puerta , a ver lo que hay en el mundo

 

               

IV. ENTRE LA POESIA Y OTROS GENEROS (GUION, DRAMATURGIA)

 

En tú trayectoria como creador destaca es el paso por distintos géneros: la poseía se sitúa como el eje más importante, pero también ejerces el guión de cine y la dramaturgia. Además, considerando que incluso algunos poemas tuyos son muy narrativos, están en el límite de la prosa poética, algunos son pequeños cuentos, ¿Cómo manejas el paso de un género a otro, como lo has ido cultivando?

     —Es algo que no pienso de manera consciente, yo soy esencialmente poeta, pienso como poeta y muchos de mis poemas tiene una base narrativa muy fuerte, como tú dices, son pequeñas parábolas o cuentos, pero cómo se formó de ahí una poética eso no lo sé. Yo te podría decir algo, pero sé que estaría mintiendo; cuando los periodistas me dicen a veces que hable de mi poética yo les miento, soy consciente de que miento, porque el poema viene porque viene.

 

Cómo trabajaste la adaptación teatral de Antígona.

     —Cuando escribí esa adaptación de Antígona lo hice como poeta, no como dramaturgo, como poeta y cineasta porque si te das cuenta esa obra tiene mucho de guión de cine, tanto es así que usé la técnica de un guión de cine con toda su estructura, el agregado por etc., y así pude alterar un poquito a Sófocles, con ese final más o menos sorpresivo donde se da cuenta de que el que estuvo narrando todo el tiempo era la hermana. Eso viene del cine, buscar el final sorpresivo, lo hice como poeta y como cineasta. Cuando escribo guiones para cine no soy ni poeta ni dramaturgo, sino simplemente guionista, porque los guiones que escribo son guiones muy funcionales; a través de ellos no se me permite expresarme mucho, no es como la poesía o el teatro. Quizás la naturaleza del guión sea esa porque no es un producto terminado, sino que es algo que va a terminar en manos del director, en manos de los actores, es un trabajo compartido. Escribo guiones casi como oficio alimenticio, es una fuente laboral y además me gusta.

 

¿Cómo llegas al guión? Escribes guiones desde hace tiempo, por ejemplo, el guión de “La ciudad y los perros” basada en el libro de Vargas Llosa.

     —El año 73 me llamaron para colaborar en una institución del Estado que hacía teleeducación. Me encargaron la sección dramas para niños, donde yo hacía pequeños cuentos para ser adaptados. El programa se llamaba “La casa de cartón” y tuvo relativo éxito. Cuando yo escribía el cuento a veces el guionista no estaba, entonces yo tenía que guionizarlos y al final terminé escribiendo directamente los guiones, sin cuento previo. Así es como entre en el mundo del guión, y luego dirigí los programas también. Vino un encargado de la UNESCO, vio los programas y me dieron una beca para irme a Alemania, a Munich el año 74. Me quedé en Europa un tiempo, entre Alemania e Inglaterra.

 

¿Fue una beca de estudios o de trabajo?

     —Primero fue una invitación para llevar unos programas, después me hicieron un stage en la televisión de Bavaria y luego me quedé vagando por Europa y cuando regresé al Perú, seguí trabajando ya no para televisión sino para cine y empecé a escribir guiones. He escrito 8 guiones, que para Perú es bastante, porque no hacemos mucho cine aquí, y en el cine que se hace ahora o últimamente los directores generalmente asumen su propio guión. Todavía hay problemas con las diferenciaciones entre director y guionista; los directores no entienden que la dramaturgia del guión es una especialidad y si ellos la manejan en buen ahora, pero normalmente no la dominan, entonces necesitarían un guionista. Pero creen que cuando la película tiene éxito, es por el buen guión, y esto surge en los críticos, que elogian el guión ¡y no les molestes al director!

 

¿También has hecho guiones para TV?

     —Telenovelas hice una vez, me avergüenzo un poco de haberlo hecho, pero era trabajo. También hice varios capítulos, 15 o 16, sobre personajes ilustres del Perú, del siglo XX y XXI y documentales, guiones para documentales, pero el guión es muy exigente, demora seis, siete ocho meses y exige mucha disciplina. Además, sabes que estás en medio de condiciones económicas que van a limitar tu propuesta, y que tienen que ajustarse. Por ejemplo, no hacer demasiadas escenas nocturnas, por ejemplo, porque eso requiere iluminación, trabajo nocturno de los técnicos que no se adecua mucho, o no hacer exteriores nocturnos ya que es difícil y hay que iluminar mucho, con diez mil a quince mil kw. Ahora estoy trabajando en una editorial, la principal Editorial peruana, Peisa, y estoy dirigiendo una línea para niños que me gusta mucho.

 

¿Has escrito literatura para niños?

     —Sí, cuentos, pero en general me cuesta mucho escribir narrativa, la narración requiere de un pensamiento más sostenido; hay que pensar en el personaje, la situación, lo que estás narrando, o qué línea va a seguir un personaje. Un poema, en cambio, puedo escribirlo en una semana, diez días y ya te olvidas, lo leerás después, pero no te persigue constantemente. Eso pasa también con en el guión de cine, en ese sentido es más exigente.

 

               

V. EL MEDIO LITERARIO: LA CRÍTICA Y LA RECEPCION

 

¿Cómo ha sido tu relación con la crítica peruana?

     —Casi todos coinciden en que escribo una poesía que tiene varios niveles, por lo menos dos. Un nivel más superficial, que todo el mundo lo entiende, hasta lo menos entrenados en leer poesía. El más entrenado entenderá ese otro discurso, esas cosas no dichas, el silencio de la poesía, que no debe formular ninguna sabiduría sino que sientes que más allá de las palabras se está diciendo algo más… Un crítico ha dicho “si yo tuviera que iniciar a alguien en la literatura le leería los poemas de Watanabe”.

 

¡Qué elogio!

     —El elogio más bonito que he recibido, creo, es de una poeta venezolana que se llama Yolanda Pallín, muy buena. En una carta, después de leer mis poemas, me dijo “Cada vez que leo un poema tuyo digo: este poema yo lo tenía en la punta de la lengua pero no lo hice, siento que es mío, que está muy cerca de mí, son los poemas que yo iba a escribir pero no los escribí”. Otro de mis lectores, ya le he perdido el rastro, es un ingeniero geólogo que no estaba entrenado en poesía y que gustaba de la mía por lo mismo, porque la entendía fácilmente. Los críticos digamos que reconocen eso, que hay un primer nivel que se entiende y que si uno quiere hacer una lectura más allá deben intuirla, sospecharla, no se dice, eso ya es filosofía.

 

Eso pasa a la categoría de los ensayos, a quienes estudian tu poética, tu obra. ¿Qué sientes cuando lees las tesis, los ensayos sobre tu obra?, ¿Sientes un extrañamiento, una distancia?

     —Parece que hablan de otro. Sí, siento ese extrañamiento, pareciera que están hablando de otra persona. Yo mismo leo y a veces me encuentro leyendo la crítica sin pensar en mí, como si fuera de otro, y a veces digo “es interesante lo que dice este señor poeta”, pero los críticos a veces hacen sobre lecturas, pero bueno, son ejercicios…

 

¿Cómo es tu relación con tus pares, con otros poetas de tu generación, más jóvenes o quienes te precedían; hay una comunidad o trabajan más aislados, sientes que perteneces a un grupo, un colectivo?

     —No, cuando veo notas sobre lo que yo escribo siempre, o muchas veces, los críticos dicen “un poeta insular de la generación del ‘70”… En Perú, como en Chile, la poesía de alguna manera es reciente, tiene 70, 80 años, no tiene más, me refiero a la poesía que se escribe con conciencia de ser una poesía enraizada en la tierra, tanto chilena como peruana o americana si quieres, ya lejos de la poesía española. En el Perú empieza con Manuel González Prada, viene Vallejos; es increíble que en esos años, del 20 al 30, hayan aparecido las dos figuras más emblemáticas de la poesía peruana y sean conocidos: Eguren y Vallejos, y que son antípodas; Vallejo hace la poesía descarnada, terrible, dolorosa y Eguren usa la palabra bella.

Yo pertenezco a una generación -no me gusta eso de generación- a un grupo, a una promoción de poetas que empieza a publicar en los años setenta, y en esos años el que empezaba a escribir encontraba dos grupos: uno era “Hora cero”, que era un grupo bastante parricida y muy vitalista, y otro grupo que era “Gestación reunida”; entre ambos no había grandes diferencias, pero quienes hacían más activismo poético eran “Hora cero”. Yo no pertenecí a ninguno de estos dos grupos oficialmente, pero era muy amigos de todos los poetas. Empiezan a publicar en los años de Velasco, el gobierno populista militar y antes de Velasco había habido una eclosión de valores de clase mediera y estos grupos son clase medieros y muchos vienen de provincia, quizás la mayoría viene de provincia, jóvenes que venían a asimilarse a Lima, confrontarse con Lima, y esos grupos son la expresión de este fenómeno, es una migración no masiva todavía , ésa va por otro lado, esta es una migración más selecta, los que viene por estudios y como te digo, yo era amigo de ambos grupos pero no pertenecí a ni uno de ellos. Lo de insular tal vez sea porque ellos estaban muy influidos por los beatniks, por Ezra Pound y querían usar el lenguaje de modo amplio, con mucha libertad, si hay algo que juntaba ambos grupos era eso, en cambio yo no sabía usar un lenguaje muy amplio, tenía una especie de inhibición con el lenguaje, y quizás por eso mismo he pensado un poco más los poemas, he pensado más en el tema, busqué la parte narrativa.

Otro insular es Abelardo Sánchez León, pero todos estábamos juntos, leíamos lo mismo, y nos medio peleábamos. Los de “Hora cero” hablaban de “el poder joven de la poesía”, y la poesía no tiene poder, eso pensamos algunos, pero ellos tenían una enorme fe en la poesía como fuerza de cambio incluso. ¿Cómo me llevo con ellos? ¿Cómo me veo? Quizás escribo algo distinto, pero como todos, la poesía peruana es muy diversa; ellos mismos, a pesar de que tenían un credo común, escribían de modo distinto. Ahora estamos más lejanos, porque cada uno ahora tiene sus propios problemas, responsabilidades propias.

 

Con respecto a las generaciones más jóvenes, parecieras ser más cercano a ellos, con Enrique Planas, Castañeda,...

     —Yo soy cercano con los jóvenes. Con las otras generaciones y con las últimas incluso, siempre vienen a mi casa, estamos reunidos y me gusta estar con los jóvenes, yo prefiero estar con los jóvenes ahora que con los de mi propia generación. Bueno, con la propia generación siempre hay una especie de competencia, obviamente; los más jóvenes no compiten, simplemente quieren saber qué piensas y vienen mucho y soy amigo de muchos poetas jóvenes y me gusta estar con ellos. Me dejan sus poemas, a veces es una carga un poco difícil, pero vienen con su poemario y hay que decirles algo, pero algunos son muy buenos.

 

¿Has hecho talleres de poesía, aparte de los talleres de guiones?

     —No, es que no sé que decir, no sé qué enseñar en la poesía, un guión tiene partes muy técnicas, tiene trucos etc., pero en poesía qué le puedes decir a alguien. Me gusta conversar individualmente, con uno o con dos, que vienen acá y conversamos, traen sus poemas y le digo “mira, esto no, tal vez esto sí”, porque estamos frente a un poema real, pero la verdad es que cualquier cosa que se pueda decir sobre un gran poema es especulativo.

 

Hay un poema de ese ojo que “edita” y siento que ahí hay un ars poética, no es la intención del poema, claramente, pero hay un modo de enfrentarse a la contemplación, a mirar la realidad, ese ojo que edita, como un ojo de cineasta.

     —Algo que me gustaría contarte es que yo soy un pintor frustrado: cuando terminé secundaria después de una venida a Lima, regresé a Trujillo y quise estudiar en la escuela de Bellas Artes. No me gustó, porque en esa época dominaba mucho la escuela del indigenismo, pero siempre me ha gustado la pintura; incluso cuando mi padre muere, me deja sus libros de pintura. En un pueblo tan modesto, donde a nadie le interesaba la pintura, mi padre miraba láminas de Cezanne; tengo varios libros de pintura y tal vez influido por él quise ser pintor, pero no me gustó la escuela, quizás una de mis arrogancias es decir “conozco tanto la pintura como la poesía”.

 

En todo caso uno ve ese ojo de pintor en tus poemas.

     —Sí, es que son escenas que si no hubiera escrito poemas las hubiera pintado.

 

Sí, hay un poder visual fuerte y como detenido, no una historia móvil, sino una imagen congelada.

     —El pintor que más me gusta es Matisse, por su mesura y tranquilidad. El año pasado estuve en París y tuve la suerte de coincidir con una exposición de los últimos 14 años de Matisse. El había tenido un cáncer al colon, lo operaron y sobrevivió 14 años, y en esa época, como no podía pintar, pues estaba en cama, recorta las figuras, esas figuras con mucho movimiento, y no solamente hace esas figuras, sino que hace cuadros muy grandes con papeles recortados, collage. Estaba postrado y muchas veces ponía el lienzo lejos y al pincel lo amarraba de una varilla larga para poder pintar de lejos. Pintaba a dos centímetros de sus ojos, porque él no veía, y con artritis, dolores; la necesidad de expresión lo llevaba a esto, a superar todo dolor y limitación física, impresionante. Se preguntaba qué hacía, arte gráfico o pintura, pero hay un cuadro muy famoso, que es una silueta de mujer, donde se convence que está pintando, de que no necesariamente son papeles pegados. Tiene un lenguaje muy primitivo, porque ha ido al comienzo del lenguaje.

                El libro “Habitó entre nosotros” empezó por describir cuadros de pintura; primero escribí un poema que se llama “La resurrección de Lázaro”, basado en un fresco de Giotto; Lázaro resucita y está envuelto en muchas vendas.

 

Y la crítica justamente lo entendió mal. ¿Y sientes que los lectores lo entendieron mejor?

     —Sí, lo criticaron mal. Pero me alegra que algunos curas lo leyeron en misa. A veces, cuando hacen retiros, tengo entendido que llevan a los retiros este libro y lo leen ahí.

 

Pero es distinto el sentido que tú le querías dar. ¿Y eso no te produjo incomodidad?

     —Sí, es distinto. No me produjo incomodidad, creo que el poema debería ser leído por cualquiera, que lo interprete como quiera; yo lo que trataba era de dar una imagen un poquito distinta de cada escena o de cada pasaje de los evangelios. Por ejemplo, en “La resurrección de Lázaro” trato de sostener que Cristo no fue tan acertado al resucitar a Lázaro, porque Lázaro tenía que morirse de nuevo y es el hombre que resucitó, sí, pero murió dos veces, por lo tanto Cristo es un poco impertinente.

 

¿Te han hecho críticas negativas?

     —Muy poco, creo que no hay; el que no fue muy bien recibido a nivel periodístico fue “Habitó entre nosotros”, pero yo siento que fue un libro incomprendido, es distinto, y no han comprendido que siguen siendo mis temas a pesar de que esté la figura de Cristo de por medio. Ahora lo están traduciendo al italiano, están editando dos y han escogido este, y no es por cuestión de religión. Lo está editando una editorial que es del que fue el mejor amigo de Pasolini, se llama “En forma de palabra”, creo que es un verso de La Divina Comedia, pero me dan la noticia y no lo siento, de verdad, he creado una coraza, creo; yo no entiendo a los que se desesperan por ir a triunfar a España, cuando de verdad no les importamos mucho a los españoles, nada casi, muy poquito. Cuando me recibían con honores sentía que se habían equivocado, que habían querido invitar a otro, a veces mis amigos me dicen que no sea tan humilde, pero es verdad, pregúntale a Micaela, me fastidia cuando me dicen “qué humilde, qué modesto”, lo he dicho siempre, no me lo creo.

 

¿Y en ese sentido, en tu nuevo poemario (después titulado “Banderas tras la niebla”), además de esa sensación estética de narrar el hecho objetivo, hay alguna otra cosa que ligue los poemas entre sí, con un sello particular?

     —Creo que tienen el mismo sello, con una unidad estilística si quieres, y son los poemas que hubiera querido escribir siempre, ahora lo siento, sin haberlo sentido antes, que estos poemas que escribo ahora es lo que hubiera querido escribir siempre, pero obviamente no se puede, es un proceso. Esto lo digo ahora porque siento que debo decirlo, que recién he llegado a un estado que puedo decir las cosas sin esforzarme mucho por impactar, por gustar. Hay una comunicación más honesta con el lector, menos literaria, que es lo que he querido hacer siempre.

                Estoy escribiendo un poema que se llama “El caballo, estoy dándole vueltas, quizás se llame, “Donde duerme el caballo”, es más sugerente. Camino de mi pueblo, saliendo al campo, encontré una casa abandonada y de pronto sentí que había un fuerte olor a caballo, y se me ocurrió que ahí dormía un caballo, que de noche venía a dormir un caballo, es una idea un poco absurda, yo digo que es un símbolo de libertad. Si yo leo como título, “Donde duerme un caballo”, me parece sugerente.

               

“Es que también está el asunto de por qué escribes, para qué escribes...

   —Si uno no escribe está pensando en la escritura, o leyendo otra cosa; hay una anécdota muy bonita, creo que es de Onetti, que vino un joven y le llevó una novela y le dijo “maestro, ¿puedes leer mi novela?” y Onetti le preguntó, “¿Si usted no hubiera escrito esa novela, se hubiera muerto, o sea, fue una forma de no suicidarse?” “¡No!” “Entonces es mala”…

PUBLICAR EN ESPAÑA

 

¿Cómo has vivido esa otra etapa como poeta, qué ha tenido de grato, cómo ha sido la crítica afuera, el trabajo con otros editores?

     —Para mi es más importante ser reconocido en Perú que afuera, eso lo he comprendido después, yo si me siento reconocido, para qué mentir, me siento reconocido, cada vez que he publicado un libro siempre lo han recibido bien, se agota muchas veces, pasa a ser de los más vendidos (…)

“La piedra alada”, que fue publicado el 2003, salió entre los cinco libros más importantes publicados en España, en un país donde se publican 18 mil libros de poesía, acá estuvo ocho meses entre los diez mas vendidos, ocho semanas en el primer lugar con comentarios muy bonitos (…) no puede ser , es increíble (…) alguna vez se me ocurrió decir esto, que es como un niño que rompe un jarrón y después se esconde detrás de la puerta para ver qué van a decir y quizás hasta lo disfruta que pase así, que sea otro…